Stoner

La de Stoner es una historia sencilla, sin misterios. Cuenta una vida, tan grande y tan anodina como cualquier vida. Y en ello reside su valor porque convierte en un personaje inolvidable a alguien tan vulgar como William Stoner.

A Stoner lo pienso como un regalo. Uno de los más grandes regalos que me han podido hacer, quizás el que más. Una de esas “joyas literarias” que tienes la suerte de que caiga en tus manos y, sin pretenderlo, dé inicio a un proceso de metamorfosis en quien lo lee; en este caso, yo.

A Stoner lo recuerdo con un sabor agridulce. Un libro devastador que provocó una de esas implosiones controladas que levantan polvo y escombros, y que son el comienzo necesario de una reconstrucción. Una reforma a futuro, de esas que “acojonan”, y que se inician con una catarsis. Pues para mi Stoner, fue, es, mi catarsis.

Una catarsis que el propio libro describe en William Stoner

El señor Shakespeare le haba a través de trescientos años señor Stoner, ¿le escucha?

Esa pequeña advertencia, lanzada al aire, quizás sin ninguna esperanza, sin pretender nada, es la que da comienzo a la transformación del personaje, que para mi fue el centro de la historia, el punto de partida de una vida. Porque nacemos cuando nacemos, pero lo de vivir, no sólo va de respirar.

La transformación de Stoner describe la toma de conciencia de su propio “yo”, del espacio que ocupa y de la realidad de un ser, a la vez ajeno y propio. Stoner se ve desde fuera a sí mismo, para ser consciente de quién es. Una “toma de conciencia” que trascendió al libro y se me clavó en mi propia consciencia, y me unió al personaje. A partir de ese momento, y a lo largo del libro, viví y sentí con el personaje, recorrí con él su vida, y lloré sus despedidas, como si fueran las mías.

Stoner de John Williams
Stoner de John Williams

La de Stoner es una historia sencilla, sin misterios. Habla de la miseria, de la pasión, de la felicidad y de las tristezas que se suceden en una vida. Cuenta una vida, tan dura y tan completa como cualquier vida. Tan grande y tan anodina como cualquier vida. Y en ello reside su valor, porque hace grande algo común, porque convierte en un personaje inolvidable a alguien tan vulgar como William Stoner.

Stoner para mi es Pasión, con mayúsculas. William Stoner posee una capacidad envidiable, con esa envidia que escuece y a veces hasta te quema en el estómago, para apasionarse con la vida y con las oportunidades que trae. La vida te da lo que te da, y de nosotros depende aprovecharlo; pues Stoner lo sabe hacer, y además me hizo plantearme cómo lo hacía yo, y ahí el inicio de la catarsis.

Stoner es Pasión porque vive el ahora, sin mirar más allá. Pero también es una historia de “dejar ir”. Un sentimiento ese de abrir la mano y aceptar los finales, que a menudo se puede confundir con la resignación, y que sin embargo en Stoner encuentra su explicación más sutil y exquisita.

Quizás la vida sea una sucesión de pasión y dejar ir, de vivir ahora y aceptar los finales, de aprender a amar y a decir adiós. Stoner cuenta ese proceso de aprendizaje y aceptación de la vida como es, sin pretensiones ni dramas.

Por todo esto, para mi Stoner ha sido un punto de inflexión, una obra de la que no podré desligarme jamás, y a la que sé que volveré a lo largo de los años, buscando ese refugio de pasión, esa lección del profesor para seguir aprendiendo a amar y a decir adiós.

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